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::: LAS DÉCIMAS DE PEDRO DÍAZ SEIJAS: _____________ _ __OTROS LLANOS, OTRA POESÍA :::
“La poesía en décimas a propósito del llano”, el último libro de Pedro Díaz Seijas, demuestra que el ensayista, el crítico, el estudioso de la literatura que ha sido este escritor venezolano, se manifiesta también en la creación literaria. Subtitula, dicha obra, “Homenaje a Alberto Arvelo Torrealba y Ernesto Luís Rodríguez”, de quienes se reconoce deudor de una afición que se remonta a sus primeras andanzas, tierra adentro, cuando descubre un poemario del joven Ernesto Luís: el “supremo secreto de la poesía”, transitado por otros autores que Díaz S. nombra en el “ofrecimiento”: Pedro Sotillo, Barrios Cruz, Arístides Parra, De Armas Chitty. La poesía de Díaz S. abreva también, como revela, en un “paisaje casi totalmente inédito, pero de una sublime belleza, situado al sur del distrito Infante del estado Guárico, cuyas vías desprendidas desde Valle de la Pascua , conducen a Espino, a Parmana, a La Peña ”, Y su fascinante alrededor: “impresionantes morichales, cuya naturaleza es necesario conocer, admirar e incorporar a las maravillas decorativas de nuestras llanuras. Las grandes extensiones de sabanas” con “formaciones montañosas…como son el Cerro de El Macho y el Tucusipano, así como grandes bancos, como el Telesfero”. Territorio exquisitamente descrito en la obra “El reflejo de los remansos azules”, rescatada, estudiada y editada, siendo presidente de la Academia Venezolana de la Lengua , por Díaz Seijas, quien, cabe advertir, nace y se forja como hombre de llano por esos predios.
La obra, en forma de cuaderno, impresa este 2007, por Miguel Ángel García e hijo, despliega, entre la portada y la contraportada, un deslumbrante óleo del pintor guariqueño Pedro F. Mirabal: Esteros de Camaguán, adquiridos por Díaz Seijas al propio artista, en residencia de aquel en San Juan de los Morros. Derroche de imágenes llaneras, que acompañan, a modo de viñetas, los dieciocho poemas. Al final: los venezolanismos que cita.
Dos glosas hacen antesala del poemario prestigiado por el metro clásico del octosílabo: cada cual asistido por coplas de Alberto Arvelo y Ernesto Luis, para decir de hondas vivencias amatorias, entre referentes de aquel muundo: guayabitas, garzas, cacimbas, llanerías, cundeamor, ciruelas, palmasola, lejanías:
Del campo surge el perfume
Señal del aire silvestre,
Tu presencia me recuerda
El olor de los caminos
Cuando invaden las ciruelas
Los espacios de mi verso.
Los poemas subsiguientes mantienen esa presencia de lo amatorio sustentando en el imaginario local. “Elogio a la guariqueña” va oteando orores, el melero, el espinitos:
De la resaca los pozos
Son los espejos de tu alma.
“El llano y tú” deambula por ese umbral del retozo amatorio campesino, en que los juegos estacionales (pares o nones) se prestan para la los retozos iniciáticos: “toqué el marfil de tus manos”. La soga para enlazar promesas, la feria roja de los labios que roban “al ocaso fulgor”, mientras el sol ofrenda su “riqueza tardía” a la fidelidad de quien aguarda, senos como pomarrosas, talle de junco, en la entraña amada la magia del entorno sabanero.
“Reminiscencias llaneras” remite a esa identidad entre el paisaje, el canto y la mujer. Los signos regionales enmarcan la atmósfera: el jaral, el canto de la guacaba, la soisola, garzas, corocoras, realidad que ”no es mito / sino reclamo presente”
“Guárico adentro” y “Figuraciones llaneras” es el viaje, las vaquerías , la nocturnidad, las tardes, el amor como único horizonte:
Por ti recurro a mi soga
Para enlazar tu cariño
Como se enlaza en la copla
La sensación verdadera.
Paisaje donde, la vida es un viaje sin fin, vuelta a la pregunta de Barrios Cruz acerca de quien le “dio tanta sabana” al camino y quien tanta pierna para no cansarse. A los cuatro grandes de la poesía llanera (Lazo Martín EL, AAT y LBC, invoca Díaz Seijas en “Preguntas al camino”, para responderse: el cabrestero, que “es el propio camino / con la esperanza en su verso / donde se aclara el destino / que es señero y es diverso / donde brota lo infinito / hacia el misterio del tiempo. / Todo el llano es horizonte / que ofrece su cielo abierto”.
Temática que reitera en “Estampas del llano”, uno de los poemas donde se encimbra la carga poética de este libro. Véase estas imágenes:
“ La perdiz es como un río
Que abre cauce a la mañana”
O estotra:
“Mira como huye la paja
Cuando la besa la birsa”
O este cierre:
“cuando el sueño del viajero
En la resaca camina”,
Un afán imaginífico que retorna en “Instantáneas llaneras”: la tarde que “desgaja su sombra”, el yaguazo contagiando con su soledad”.
“El retablo del verano” que revela como un llano como juego de los sentidos: “todo es canción”, sabores ( de matajey, mayas, mereces, parchas), visiones (escarcha araguaneyes, orozules), tacto de curujujules en la piel de las laguna;
relámpagos que pueblan la lejania de noches oscuras, la ofrenda de las cabrillas, un gran faro distante,
“El recado de la tierra” es clamor de llaneridad: canto a un ámbito que conforma “recio y feliz” a su habitador, por los dones naturales que lo rodean, sus mujeres, libertad, donde “el acaso es ley”.
“Llanos del Guárico adentro”, el recodo vivido, donde Cabrera Malo “amansó su ensoñación”. Díaz Seijas convoca asomarse “donde el Banco Telesfero /abre al mundo su ventana”.
Mientras que “Rumbos llaneros” es salida al imán orinoqueño, Relato de una travesía bajo el sol recio en el desierto, los caños secos, el carrao desorientado, hasta los quehaceres del hato, la faena llanera, “con el cimarrón no hay trato”, una temeridad compensada por el paisaje y el amor.
Rastreo que persiste en “Evocación de mi tierra”, desde la mañanita acostada “sobre el rocío sabanero” y el arestín despertado “a instancia de la perdiz / que sale alegre del nido / menudita y parlanchina”. Dice de “la entrada de aguas” con soplas del este y el bajío reverdeciendo y “fiesta en el lagunazo” alborozado por cotúas, yaguazos, garzas, garzones, juncos, lirios, boras y el caballo competidor del viento, “arriero de la esperanza”.
“La gallera de la aldea” es un cuadro de costumbres revestido de intimidad, recuerdos, el cíclico furor de cuanto se enciende y apaga. Contrapunto entre tristeza dominguera y vocerío, lento amanecer y cielo azul, jauría y tranquera, violencia y redondel, porfía del zambo y el canagüey, oscuridad por el certero espuelazo, el sol entoldado. Un ritual que regresará en “otros domingos”, nuevo alborozo y “fraterna promesa / de un sol que brilla ardoroso / al filo de la mañana”.
Recorrido con dos puntos finales:
“Saludo a Aquiles Segovia”, compañero del camino, paisano. Expresa el poeta que “la canta se vuelve río / de sutil presentimiento / el taro taro te anuncia / la llegada del invierno”. Estimulándolo a acicatear la mula rucia hasta el estero, “donde florece el jayito / y te cubre el lagunero / donde te alerta el gallito / que es guardián de la laguna / las perlas del aguacero / desprendidas de la luna”.
Y “El ciego de la Morita ”, romance de 1937, premonitorio de lo que sería el destino de Díaz Seijas como escritor, anunciador de ese ¡Ah Malaya! con que anhelaba librar al ciego de sus “noches sin luz”. Refiere cómo va despojándose de “penas, miseria, dolor”, con el tesón de su reciedumbre tras la cosecha fallida: “un aire de copla vieja / que aprendió cuando era niño”, conjura todo atardecer y demás agobios (las campanas del templo) apresurando el regreso a sus refugios nocturnos.
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