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abigail lozano y jose antonio maitin
Tanto Lozano como Maitín, representan la escuela romántica en Venezuela. Pero es cierto que Lozano, por su temperamento comunicativo, por ser romántico en su acción también, sociológicamente ofrece el más fiel testimonio de su generación. Había nacido en Valencia hacia 1823. La pobreza de sus padres no le permitió alcanzar una educación literaria muy avanzada.
La familia del poeta se avecindó en Puerto Cabello, poco después de su nacimiento. Allí realizó sus primeros estudios y empezó a escribir sus primeros poemas. Revelaba ya un temperamento lírico de no comunes características. Uno de esos poemas, leído por el redactor de «El Venezolano», Antonio Leocadio Guzmán, permitió a Lozano su viaje a Caracas. Entonces empieza su carrera literaria. Primero desde las páginas del periódico de Guzmán, el joven poeta valenciano se da a conocer. Después, separado de su primer protector, se abre paso solo. Funda en compañia de otros jóvenes un periódico literario intitulado «El Album». Desaparecido este primer periódico, insiste con «Flores de Pascua». Vibrando con su época, turbulenta y contradictoria, cargada de congojas y decepciones, Lozano pública sus libros Tristezas del Alma y Horas de Martirio ; más tarde escribirá Otras Horas de Martirio. Dos polos, según Jesús Semprum, solicitaron la atención poética de sus mejores producciones. Una historia de amor -dice Torres Caicedo- de intenso amor, que él nos refiere en sus apasionadas estrofas de la Nereida del Anauco, lo llevó lejos del teatro donde había exhibido su brillante genio y donde tantos aplausos se le habían tributado. El poeta fija su residencia en San Felipe. Allí continúa su intensa actividad política. Desde 1854 hasta 1858, el poeta estuvo confinado en la ciudad de Valencia. A la caída de Monagas, recobró su entera líbertad y alcanzó preponderante prestigio político. En 1860 fue electo diputado por Yaracuy al Congreso de la República; pero no llegó a ejercer tal representación porque al mismo tiempo había aceptado el consulado del Perú en Saint Thomas. Allí estuvo hasta que el famoso general mexicano Antonio López de Santa Ana lo utilizó como secretario en su viaje a los Estados Unidos de Norteamérica. En Nueva York, murió Lozano hacia el año de 1866.
A pesar de que Lozano fue el poeta romántico de mayor popularidad para su época, quizás por su acción en el campo de los hechos, estéticamente su obra es mediocre. Gran parte de su producción poética fue escrita con intenciones políticas, tales como sus poemas Oda a Barquisimeto, Napoleón, Canto a Bolívar, etc. Lozano no se cuidó como poeta de los lugares comunes del romanticismo más trajinado. Con una facilidad para versificar, impresiona con su enfermiza melancolía, nacida a las sombras de la noche. Algunos críticos venezolanos han observado esta preferencia de Lozano por las tinieblas. Ante la luz, su canción se disipa. Realmente Lozano no carecía de talento poético, pero su formación literaria fue muy deficiente y se dejó arrastrar por el romanticismo fragoroso de Zorrilla, tan en boga para su tiempo. Sin embargo, algo de interesante hay en la obra de Lozano. Es precisamente el ingrediente sociológico disuelto en esos poemas, producto de su sensibilidad torrentosa y atormentada por el mal del siglo. En esa poesía que conmovió a una generación, está la intra-historia de la Venezuela romántica y dolida. El amor, los sentimientos, la dimensión íntima de esa generación, que no aparecen en los grandes trazos de la historia formal, se encuentran en la poesía quejumbrosa y enfermiza de Lozano. Ese mundo poblado de ángeles, de trovadores, de sílfides, de vírgenes, en el que el «opio blando» de la noche tiende su manto de paz para «endulzar las horas sin fortuna que atosigan el pecho dolorido» el eco del drama espiritual de una generación desorientada. El poema de Lozano que la crítica ha querido ver con mayor benevolencia es el que se intitula A la Noche. Es realmente el poema mejor entonado de Lozano y el más comedido en cuanto a la refulgencia de la llamarada romántica. Sus elementos responden a cierta selección y hay en él un clima de serenidad tonificante. En este poema Lozano insiste en una visión panteísta del mundo, de la naturaleza, como ya lo había hecho en su poema A Dios.
Con Lozano compartió la representación del romanticismo en nuestro país, como ya lo habíamos anotado, José Antonio Maitín. Pero de temperamento diferente al de Lozano, Maitín se mezcla menos en la vida activa del país, y su obra poética es menos conocida y admirada por sus contemporáneos. Sin embargo, por lo menos un poema de Maitín le sitúa entre los más afortunados cultivadores del romanticismo, por su proyección humana y trascendental. Fue el que dedicó a la muerte de su esposa.
José Antonio Maitín había nacido en Puerto Cabello en el año de 1804. Seis años después acaecen los primeros hechos del movimiento emancipador venezolano. Entrada la guerra de la Independencia, los odios entre los realistas y patriotas se encrespan. La familia Maitín, huyendo de aquel torbellino, emigra a Cuba. Era el año de 1812. En aquella hermosa isla antillana, transcurre la infancia del poeta. En 1824, ya decidido el destino político de Venezuela, la familia Maitín regresa a su patria. Para entonces el poeta frisaba en los veinte años. Su formación cultural había correspondido, por lo tanto, a su etapa cubana. No se sabe hasta ahora, sin embargo, mucho acerca de ese período de su vida.
Dos años después de haber regresado el poeta junto con sus familiares, salió para Inglaterra como agregado a la Embajada que a Don Santos Michelena había encomendado el Gobierno nacional.
Poco tiempo después vuelve a la patria. Como no le atraía la política, cumplida su misión diplomática, se retira a la vida privada. Su espíritu reposado, su carácter introvertido, lo encaminan hacia la soledad. En Choroní, una riente aldea, surcada de riachuelos y arrullada por el mar, el poeta encuentra su refugio definitivo. Allí conoció a la que fue su esposa, Luisa Antonia Sosa, y con ella compartió durante muchos años la tranquilídad de su retiro eglógico. En comunicación con la naturaleza, su obra adquiere cierta serenidad, que le diferencia de Lozano. De Choroní no volvió a salir el poeta. Allí, apegado al recuerdo de su esposa, fallecida antes que él, murió Maitín en el año de 1874.
Dos aspectos han sido reconocidos en la obra poética de Maitín. Uno, el que corresponde a su producción influída especialmente por los románticos españoles, entre los que se destaca Zorrilla; el otro, de mayor densidad humana, en el que encuentra su verdadera vocación de poeta, la esencia humana, a instancias de su propia conmoción espiritual.
Los dos aspectos representan fielmente lo que se ha llamado al principio primer romanticismo venezolano. Maitín ofrece como nota descollante en su poesía, cierto tono quejumbroso, difuso, mezclado con el fresco mensaje de la naturaleza.
Dentro del primer aspecto señalado en la obra de Maitín, pueden incluirse casi todos sus poemas, publicados en su único libro, aperecido en 1888 con pie de imprenta de Bethencourt e hijos, de Curazao. Allí se mencionarian: «A Zorrilla», «La Fuentecilla», «El Tiempo», «El Reloj de Catedral», «Las Orillas del Río», «La Palma Solitaria», «El Hogar Campestre», «A la Luna», «A la Ciudad», «Un Adiós», «Al Marino», «El Avila», etc.
Se observa que los temas de la poesía de Maitín corresponden a las tendencias románticas de la época. Marcelino Menéndez Pelayo anota precisamente al respecto que Maitín «No está exento del pecado del Zorrillismo». A veces hasta imita el ritmo, la música pegajosa del gran poeta español. Las estrofas usadas con frecuencia por Zorrilla merecieron la más devota admiración de Maitín. Además de Zorrilla acompañaba al poeta en su rural retiro, el francés Lamartine. Por eso el crítico venezolano Jesús Semprum, al referirse a la poesía de Maitín, observa que la naturaleza no es aprehendida por el poeta en forma original, sino que obedece a un proceso de elaboración, en el que intervienen las influencias de las lecturas de turno. Es lo que ha llamado el crítico, «el mal del libro». Sin embargo, al considerar el segundo aspecto de su obra, encontramos que un acontecimiento familiar sacude las más íntimas fibras humanas del poeta. Es la muerte de su esposa.
Entonces Maitín se olvida de las imitaciones. Su alma adolorida se vuelca en su desgarrado mensaje poético «Canto Fúnebre». El poeta se nutre de recuerdos familiares. La evocación crece al calor del amor permanente. La muerte repentina de su esposa anuda el llanto en la garganta del poeta. La frustrada despedida inesperada acrecienta la angustia del esposo. Entonces se da a vagar apesadumbrado por la casa. Recorre el aposento, donde expiró la amada. Luego su cuarto de labores, la huerta que recibió sus cuidados. el sendero por donde habitualmente buscaba paz para su espíritu. En medio de los efectos netamente románticos, el poema conserva sin embargo, rasgos de estremecida vibración humana. Es posible que todavía conmueva su mensaje. Hay en él sinceridad, nobleza y elevación de propósitos.
Es indudable que desde el punto de vista formal podrían anotársele muchos defectos a la ya clásica elegía de Maitín. Pero no es menos cierto que la fuerza humana del mensaje poético atenúa todo reparo de intención retoricista.
Pocos románticos de su tiempo en América lograron tan profundo acento patético en su poesía. El mundo objetivo, al que el poeta le comunica animación movido por el dolor, es de una original significación. En la evocación de la presencia de la esposa desaparecida, alcanza un extraordinario grado de lirismo:
«Aquí en este rincón pimpoya y sale
una tierna y gentil adormidera
que ayer nomás sembraste,
planta huérfana y frágil que dejaste
aun antes que naciera.
Sobre la blanda tierra
por ti recientemente removida.
fresca, visible, clara
de sus dedos la hueya está esculpida».
El mensaje final, resume todo el estremecimiento humano del «Canto Fúnebre». Suave aleteo de palomas, resignación sublime, llanto que se pierde en la soledad de las tumbas. cierran la elegía de Maitín:
«Adiós. adiós. Que el viento de la noche.
de frescura y de olores impregnado,
sobre tu blanco túmulo de piedra
deje, al pasar, su beso perfumado;
que te aromen las flores que aquí dejo;
que tu cama de tierra halles liviana.
Sombra querida y santa, ya me alejo;
descansa en paz... Yo volveré mañana».
OTROS ROMANTICOS
A la presencia de Lozano y Maitín en nuestro romanticismo sucede la de un grupo de poetas, que si bien no siguen fielmente las huellas dejadas por sus antecesores, comparten con ellos la prolongación entre nosotros de la escuela romántica. Al querer poner dique a los excesos de Lozano y Martín, hay en nuestro romanticismo una como vuelta a la tradición clásica, tratando de recobrar el equilibrio perdido por la delirante actitud romántica, se cae en cierto tono épico. La temática de nuestro romanticismo varía. Se prefiere lo heroico, lo científico, lo filosófico, lo social, a las lágrimas y quejas de los anteriores poetas. El tono sentimental acostumbrado se mezcla con la nota grandilocuente, que acerca a la poesía de aquella época hacia una especie de oratoria en verso. Sin abandonar la influencia romántica, los epígonos buscan solamente salir de los ya trajinados caminos del sentimentalismo exacerbado. No obstante, dentro del mismo grupo, algunos poetas adoptan un tono de íntimo solaz sentimental, de fina nota lírica, como es el caso de José Ramón Yepes y José Antonio Calcaño. Los poetas continuadores del movimiento romántico entre nosotros serían: Domingo Ramón Hernández, Elias Calixto Pompa, Eloy Escobar, José Antonio Calcaño, Juan Vicente Camacho, Julio Calcaño, Heraclio Martín de la Guardia , Pedro Arismendi Brito y Francisco Guaicaipuro Pardo.
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