ANDRES BELLO (1781-1865)

Es Andrés Bello la figura cimera, en la primera etapa de su vida tanto fisica como intelectual, de nuestra literatura colonial. Sus padres fueron de posición social y económica modesta. Sin embargo, recibe una educación en la que sobresalieron las virtudes y los mejores sentimientos humanos. Su padre, don Bartolomé Bello, era abogado. Su madre, doña Ana López, descendia de una familia de religiosos. A muy temprana edad el niño mostró inclinación por el estudio. Sus principales conductores los encontró muy cerca de su casa natal: los padres mercedarios cuyo convento y residencia quedaban al frente. Precisamente el fraile mercedario Cristóbal de Quesada lo inicia en los estudios humanísticos.

Más tarde ingresa a la Universidad. Una carrera brillante le granjea el respeto de sus maestros y de sus condiscípulos. En 1800 obtiene el grado de bachiller en artes. Posteriormente hace estudios de derecho. Fuera de la Universidad , el joven Bello prosigue su formación humanística. Aprende idiomas modernos como el inglés, el francés y el italiano. Ya en sus primeros años había ganado fama, como ha dicho Luis Correa, de «Insigne Latinista». En Londres perfeccionará el griego. De 1801 hasta 1810 Bello desempeña el cargo de Oficial 20 grado de la Secretaria del Capitán General, que habia ganado por concurso. Antes había ejercido el magisterio. Entre sus alumnos se contó al futuro Libertador Simón Bolivar, apenas unos dos años menor que el maestro. Como empleado de la Corona, Bello realiza una labor eficaz y de gran corrección. En el ambiente refinado de las últimas décadas de la Colonia, encuentra su bien cimentado humanismo, clima propicio para el mejor florecimiento. Los días transcurren plácidos. En la incipiente metrópoli venezolana, la familias más cultas ostentan una preferencia excepcional por las más altas manifestaciones artísticas. Como habíamos anotado anteriormente, la tertulia en la Casa de los Ustáriz y los conciertos al aire libre, bajo la dulce frescura de las campiñas de Chacao, son claro testimonio de las mejores preocupaciones estéticas de la gente de aquellos días memorables.

Bello es para entonces el joven maestro que cultiva una poesia neo-clásica, en contraposición a la vaporosa e intelectualizada poesía barroca colonial. Virgilio y Horacio guían sus primeros pasos. Por eso su poesía respira un suave aliento bucólico. Su tendencia por las prédicas filosóficas de los fisiócratas, en las que un intenso naturalismo predomina, produce en Bello su culto por la paz, por la serenidad de los campos, por alcanzar una vida retirada en medio de los valles venezolanos. De aquí que escriba:

Tu verde y apacible

ribera del Arauco,

para mi más alegre,

que los bosques idalios

y las vegas hermosas

de la plácida Pafos.

resonarás continuo

con mis humildes cantos.

(Al Anauco)

Otras veces, sin las aristocráticas citas del mundo griego y latino, con modestia de labriego que se identifica con la naturaleza. evoca el paisaje criollo. Bello es el primer poeta venezolano que canta emocionado a los valles de Aragua. En su anhelo de paz y de retorno a un mundo primitivo. en el que la belleza natural y el candor del espíritu encontrarán su máxima expresión, el poeta confiesa:

¿Sabes, rubia, qué gracia solicito

cuando de ofrenda cubro los altares?

No ricos muebles, no soberbios lares.

ni una mesa que adule al apetito.

De Aragua a las orillas un distrito

que me tribute fáciles manjares,

do vecino a mis rústicos hogares

entre peñascos corra un arroyito.

Para acogerme en el calor estivo,

que tenga una arboleda. también quiero.

do crezca junto al sauce el coco altivo.

¡Felice yo si en este albergue muero;

y al exhalar mi aliento fugitivo.

sello en tus labios el adiós postrero!

(Mis deseos)

Se adelantaba asi el joven poeta al encuentro de una poesia en la que el alma nacional fuese su esencia más importante. Inauguraba Bello con este soneto de juventud el movimiento poético nativista venezolano, cuyo representante más importante en los valles de Aragua fue Sergio Medina. Y en escala nacional, Francisco Lazo Marti.

La primera jornada de la vida humanística, transcurritda en Caracas, es como puede observarse, de influencia decisiva en su obra posterior. Su formación era ya de sólidas bases. Por otra parte, su actividad en el campo cultural era ya diversa. Como lo han anotado los más portantes estudiosos de la obra de Bello, entre los que se destaca Pedro Grases, el período vivido por el humanista en Venezuela es de trascendental importancia para la seguridad de su carrera intelectual, cumplida años después en Londres y en Santiago de Chile. En Caracas Bello concibió e inició su Análisis Ideológica de los Tiempos de la Conjugación Castellana y su Resumen de la Historia de Venezuela. En el campo divulgativo fue frecuente colaborador de la «Gaceta de Caracas», como lo ha demostrado hace ya algunos años el Dr. Héctor García Chuecos en su Historia de la cultura intelectual de Venezuela , y se conoce con precisión hoy el proyecto de un periódico que el humanista había proyectado fundar junto con Don Francisco Iznardi en 1809, con el nombre de “El Lucero”, antecedentes firmes de la «Biblioteca Americana» y «El Repertorio Americano», fundados años más tarde en Londres. En 1810 termina la etapa caraqueña de Bello. Con los sucesos del 19 de abril del mismo año, se abren nuevos horizontes al joven humanista. Una misión, en compañia de Bolívar y Luis López Méndez, como agentes de la nueva situación politica del país ante el gobierno inglés, le aleja para siempre de su patria. Tenia entonces Bello 29 años.

La misión iba en solicitud de protección para Venezuela, amenazada entonces por los franceses, al ser depuesto Fernando VII. La misión se instala en Londres. Los incipientes diplomáticos experimentaron desde el principio situaciones diversas y contrapuestas. Casi sin ningún resultado positivo, Bolívar regresa poco después a su patria. Bello y López Méndez se quedarr como encargados de la misión. Pero después vendrían los reveses del Gobierno Revolucionario de Venezuela. Vendrían los días terribles de la pérdida de la Primera República. El cuadro se completaría con la aparición oficial de la Guerra a Muerte. Reinará entonces una tremenda anarquía en la administración pública y no habrá comunicación sistemática con los agentes exteriores del Gobierno patriota. Por eso Bello pierde contacto con las autoridades de su país. Queda prácticamente a la deriva en Londres. Sin recursos económicos, acude a sus facultades intelectuales para poder subsistir. Da clase de español y trabaja en la Legación de la Gran Colombia , otras veces en la de Chile. Refiriéndose a estas circunstancias, el historiador chileno Guillermo Feliú Cruz anota lo siguiente: «Bello, por esos días, después de las labores en que ganaba una mísera pensión, atento siempre a sus investigaciones que no dejará de mano ni en los momentos rnás precarios de su angustiada situación, concurría casi diariamente al Museo Británico; y el Ministro de Chile, que entendía como hombre mundano alternar las expansíones de la vida social con las horas de quietud que el estudio proporciona, llegaba hasta alli atraído por su espiritu curioso y zahorí. Bello consagraba de preferencia sus atenciones al estudio pacienzudo de los monumentos literarios primitivos del idioma y en estas busquedas consultábase con el erudito Bartolomé José Gallardo, con el heterodoxo José María Blanco White, con el gramático Salvá, con el hispanista Puigblanch y con los literatos Mora, Villanueva y Mendevil.

Más adelante señala el mismo Feliú Cruz que Bello poco después iniciaba otras investigaciones sobre derecho romano, derecho de gentes, sobre la conjugación de los verbos, sobre la métrica y las literaturas helénica y latina. Todos los contratiempos sufridos por el humanista en la lejana Londres, parecían más bien acerar su espíritu. La pasión por el estudio se acrecentaba en él. En 1814 se casa con la dama inglesa María Ana Boyland. En 1821 enviuda. Tres años más tarde, volvió a contraer matrimonio con doña Isabel Antonia Duna, quien le sobrevivió a su muerte en Chile. De ambos matrimonios advino numerosa prole. En Londres Bello ejerce un magisterio americano. Su obra de entonces es vasta y fecunda. Aprende el griego y lee en su idioma original a Homero, a Sófocles y a tantos otros genios del mundo heleno. Estudia, religiosamente, el Poema del Cid. Su empeño estaba centrado en la reconstrucción de los versos perdidos en el antiguo texto del primer monumento escrito de la literatura castellana.

En nuestros días, Pedro Grases destacará con justicia el alcance de la labor desarrollada por Bello en la reconstrucción y estudio del Poema del Cid. También Bello emprende el análisis de la Crónica de Turpin. Escribe esbozos sobre temas diversos y en su afán de proyección americana, funda y redacta dos revistas: «La Biblioteca Americana» y «El Repertorio Americano». La primera aparece en 1821 y la segunda en 1826. Pedro Grases en su libro Tiempo de Bello en Londres, examina minuciosamente, desde el punto de vista bibliográfico, el contenido de las dos publicaciones. La existencia sucesiva de estos dos voceros en la capital inglesa en los días cruciales de la emancipación americana tiene una significación extraordinaria.

En ella se agruparon los hombres más representativos del Nuevo Mundo, para entonces en el exilio. Colaboradores de tan importantes publicaciones fueron entre otros: José Fernández Madrid, Juan García del Río, Agustin Gutiérrez Moreno, Luis López Méndez. Bello dedicará su mejores ratos a la producción de artículos y secciones variadas para las revistas por él dirigidas. Su firme propósito de crear y encauzar una conciencia americana, encontraba asidero considerable en sus desvelos periodísticos. Junto a la labor de investigación y de divulgación en el campo de la cultura hispanoamericana, Bello no descuida su obra de creador, atendiendo a los más caros objetivos trazados por su pasión de americano, escribe dos poemas de aliento continental: Alocución a la Poesia y Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida.

En los últimos años de aquel destierro que ya se prolongaba indefinidamente en Londres, la pobreza acosa con mayor intensidad a Bello, que para entonces ve crecer su familia. Su amigo y protector Antonio José de Irisarri, Enviado Extraordinario y Ministro plenipotenciario del Supremo Gobierno de Chile, cayó en desgracia y fue sustituido en la capital inglesa por Don Mariano Egaña, con el que Bello tuvo tropiezos al principio, que posteriormente fueron superados, hasta nacer entre los dos diplomáticos una sincera y entrañable amistad.

Bello miraba con tristeza su lejanía de Venezuela y su imposibilidad de acercarse. Había relizado gestiones ante el Gobierno de Colombia para regresar. No había obtenido éxito. «El (asunto) que hoy me ocupa en preferencia a todos los otros es volver a Colombia. Tengo una familia: palpo la imposibilidad de educar a mis hijos en Inglaterra, reducido a mis medios actuales, los que debo a la bondad del Gobierno, por mejor decir, del Sr. Irisarri, no me bastan. Por otra parte me es duro renunciar al país de mi nacimiento, y tener tarde o temprano que ir a morir en el polo antártico entre los toto divisos orbe chilenos, que sin duda me mirarían como un advenedizo». El sabio vacilaba. Sus noches de Londres estaban llenas de reflexiones. Sintiéndose abandonado de los suyos. de su patría, por la seguridad y subsistencia de su familia. acepta la oferta del Gobierno chileno para prestar sus servicios en el propio territorio de la República del Sur. La gestión la hizo Egaña desde París, en 1827, ante el Ministro de Relaciones Exteriores. Presbitero José Miguel Soler. en los siguientes térmínos: «En ninguna circunstancia. habría omitido dar a U.S. cuenta de la oportunidad que hoy se ofrece a Chile de hacer una adquisición importante en la persona de un excelente empleado: pero en el día que, según concibo, se halla vacante, por renuncia de don Ventura Blanco el destino de Oficial Mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores, recibo particular satisfacción en avisar a U.S. que se puede llenar esta plaza con gran ventaja del «Servicio público. Don Andrés Bello, ex secretario de la Legación Chilena en Londres y que lo es actualmente de la Legación colombiana en la misma corte, se halla dispuesto a pasar a Chile, y a establecerse allí con su familia, si le confiere el destino insinuado de Oficial Mayor, o algún otro equivalente, análogo a su carrera y a sus aventajados conocimientos. La feliz circunstancia de que existan en Santiago mismo, personas que han tratado a Bello en Europa, me releva en gran parte de la necesidad de hacer el elogio de este literato; bástame decir que no se presentaría fácilmente una persona tan a propósito para llenar aquella plaza. Educación escogida y clásica, profundos conocimientos en literatura. Posesión completa de las lenguas principales, antiguas y modernas, práctica de la diplomacia, y un buen carácter, al que da bastante realce la modestia, le constituyen, no sólo capaz de desempeñar muy satisfactoriamente el cargo de Oficial Mayor, sino que su mérito justificaría la preferencia que le diese el Gobierno respecto de otros que solicítanse igual destino».

Asi entre pesaroso y alegre, después de tantos años de miseria y de estudio, Bello abandona la capital inglesa, en la que había encontrado sabiduría y amor, para radicarse definitivamente en Santiago de Chile.

En los últimos dias de junio de 1829, llega el humanista a Valparaíso. Inmediatamente se traslada a Santiago y el día 11 de julio, firmado por el Presidente accidental Francisco Pinto, recibe el nombramiento de Oficial Mayor en el Ministerio de Hacienda; en 1830 se le nombra Rector del Colegio de Santiago; y de 1834 a 1852 se desempeña como Oficial Mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Cuando Bello llega a Chile, todavia en el pais sureño los diversos aspectos organizativos, acusaban claramente la herencia colonial. La legislación. dispersa y antigua; se mezclaban en ella el Fuero Real y el Fuero Juzgo. En cuanto a educación, el panorama era desolador como el que presentaban todos los pueblos hispanoamericanos, salidos del yugo colonial.

Miguel Luis Amunátegui señala en su obra Vida de don Andrés Bello que «El estado de la instrucción pública se hallaba muy distante de ser satisfactorio. Faltaban profesores y textos y elementos escolares. No se conocían los buenos métodos. La sociedad en general era inculta. No había afición a leer ni a aprender. La inmensa mayoría se figuraba que el único fin de los estudios era defender un pleito o medir un terreno. Eran muy contados los chilenos que a la sazón supiesen expresar verbalmente sus ideas, sea de viva voz, sea por escrito».

En estos párrafos de Amunátegui se observa con dureza y claridad el estado caótico de la cultura chilena para entonces. Frente a esta realidad, Bello se multiplica como en los días de Londres, frente a las adversidades crece su decisión. En el periodo de fuertes contornos que dirige el Ministro Portales, Bello descuella por su capacidad y por su desmedida voluntad de trabajo. Desde el Colegio de Santiago inicia su labor educativa. Cuando los recursos del Estado fallaron, trasladó el Liceo a su casa. Así comenzaba el primer núcleo de la futura Universidad de Chile.

Sus clases eran complementadas con la labor del periódico. Por eso utiliza las páginas de «El Araucano». Allí da cuenta de sus enseñanzas y formula con frecuencia sus orientaciones. El prestigio del sabio y del maestro crece. Su rectoría en todos los órdenes de la vida chilena de entoces, es indiscutible. Al calor de sus enseñanzas se forma una de las más brillantes generaciones literarias chilenas, como lo fue la generación de 1842. Estuvo integrada entre otros nombres, por los de Miguel Luis Amunátegui, Diego Barros Arana, Gregorio Víctor Amunátegui, José Victorino Lastarria, Vicuña Mackenna y otros, que sería prolijo enumerar ahora.

Como se puede observar a simple vista, el período vivido en Chile por Bello, es el más fecundo en su acción de adelantado y constructor de pueblos. En Chile, Bello es legislador, maestro, periodista, internacionalista, filósofo, gramático, crítico literario y poeta. En este periodo publica sus Principios de Ortologia y Métrica de la Lengua Castellana (1835), Análisis ideológica de los tiempos de la Conjugación Castellana (1841), Gramática de la Lengua Castellana (1847). A estas obras se añaden su Filosofía del Entendimiento, su Historia de la literatura y sus Principios de Derecho de Gentes. A la par de sus graves quehaceres, el sabio no abandona su culto por la poesía. Traduce a poetas románticos como Víctor Hugo y Byron. La Oración por todos, Moisés Salvado de las Aguas y un fragmento de Sardanapalo, corresponden a sus desvelos de imitador y traductor. Destacar por separado la importancia de cada una de las obras de Bello, especialmente las correspondientes a este período sería tarea larga y compleja.

Cabría señalar que tanto su Gramática de la Lengua Castellana , como su Proyecto del Código Civil fueron las más fuertes columnas en las que descansó su vasta labor no sólo de maestro sino de eficiente constructor de la moderna cultura chilena. Con la Gramática, Bello salva el preciado tesoro del idioma castellano, en vías de corrupción, tanto en Chile como en otros países del continente. Al respecto el eminente lingüista colombiano, Marcos Fidel Suárez, dijo: «Bello fue el inventor de un sistema gramatical tan profundo, armonioso y acabado, cual quizá no lo posee hoy otro idioma».

En cuanto a su Código Civil aplicable en la legislación chilena, representa el primer intento en América de sustituir por leyes nacidas de la realidad nacional, la vieja legislación española.

A avanzada edad, admirado por todos los pueblos del continente, como un gran patriarca de su cultura, fallece el maestro el 15 de octubre de 1865 en Santiago. En Caracas, al saberse la noticia infausta, el eximio escritor Juan Vicente González exclamó: «¿Conque murió Bello, el que yo juzgaba no había de morir nunca como el grande Elías?».

 

 
Andres Bello

 

Trascendencia americana de la obra de Bello. Toda la obra del humanista venezolano adquirió en su tiempo y después de su muerte una trascendencia extraordinaria. Siempre trabajó en función de esa proyección. Su labor periodística, su labor de investigación, sus estudios gramaticales, sus preocupaciones de legislador, sus desvelos de maestro y sus sueños de poeta, tuvieron el supremo objetivo de América. Su poesía logró dejar resonando en el oído de todas las generaciones, su invitación pletórica de amor al continente de sus más caras esperanzas.

Nadie podria negar que tanto en su Alocución a la Poesía, como en Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida, Bello concibe el más hermoso y profundo mensaje para el naciente destino de nuestros pueblos. En esos dos poemas empieza a latir por primera vez con toda intensidad el alma americana. Rica en plásticas imágenes es la Silva. La naturaleza, el paisaje del Nuevo Mundo se insinúa en «La caña hermosa, de do la miel se aceridra», en las rojas urnas del cacao, «que en la espumante jícara rebosa», en el «carmín viviente» de la cochinilla que se aloja en los nopales, en las rubias pomas de la patata y en el «vellón de nieve» del algodón; en la presencia del maíz, «jefe altanero de la espigada tribu» y en los jazmines del «arbusto sabeo». La invitación hacia el cultivo y gusto de lo nuestro no podia ser más elocuente y edificante. Así despertará en nuestra vasta geografía el amor por nuestro paisaje y nuestras cosas. La proyección se hace presente en la obra de otros poetas americanos como Olmedo, Melgar, José María de Heredia y José Martí.

Se ha tratado de definir con exactitud la escuela poética a la que perteneció Bello. Aparte del contenido de su mensaje telúrico, todo el esplendor de su poesía pertenece al mundo equilibrado de los clásicos. No hay duda de que sus primeros mentores fueron Virgilio y Homero. Sin embargo su vasta cultura y su capacidad creadora, le autorizaban para explorar la naturaleza de otros gustos. El mismo escribió que «el gusto varía de un tiempo a otro, aun sin salir de lo razonable y legítimo». Por eso bebió en las fuentes de poetas como Víctor Hugo y Byron, sin que ese paso pueda autorizar su inclusión, siquiera entre los que anunciaban la vigencia de la escuela romántica en nuestro continente.