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cesar zumeta (1863-1955)
César Zumeta es el integrante de esta generación que más larga vida alcanza. Sobrevivió a todos sus compañeros de universidad, hasta por más de un decenio. Como Gil Fortoul, desempeñó destacadas posiciones en el mundo de la polítíca y de la diplomacia. Fue senador, Ministro del Interior, Embajador en Italia y Francia, Delegado en la Sociedad de las Naciones, de la cual llegó a ser Presidente en 1930. Zumeta, tanto en el plano nacional como en el internacional se proyectó como una de las grandes figuras en la opinión política de su tiempo.
Su obra, si la contamos en volúmenes, es breve. Sólo recogió de su varia y dispersa producción dos títulos: Lecturas y Escrituras y El Continente Enfermo. Con mucha posterioridad, en la década de los años sesenta, en las ediciones de la Presidencia de la República , fue recogida casi totalmente su vasta producción literaria y política, hasta entonces dispersa en periódicos, revistas y folletos. Queda constancia de que Zumeta fue dentro de su generación y en el correr de los anales literarios venezolanos, uno de los escritores más celebrado por su estilo y la profundidad de su pensamiento. Sus ideas densas y de bien cimentada base humanística, le colocan entre los más firmes guías, tanto de su generación, como de las que le han sucedido.
Luis Beltrán Guerrero, quien en sus años juveniles fue secretario del ilustre ensayista, ha escrito en los últimos años el mejor estudio que se conozca hasta ahora de Zumeta. Al señalarlo como literatos y pensador observa: «Hombre de letras, Zumeta conoció varias literaturas, antiguas y modernas. De la literatura como expresión del sentimiento estético, derivó pronto a la problemática social y política de su país y de su tiempo. No por ello, ni por la urgencia del escribir, desmerece jamás la forma del concepto. Conceptista a la moderna, también es un moderno culterano, sin que el «modernismo» escolar de la época, le haya dejado la herencia de oropeles. A tiempo le enseñaron Gracián y Quevedo a ceñir la palabra a la idea».
Extraordinario catador de literatura, Zumeta sin embargo no deja una obra crítica coordinada y concluyente. Ingenio superior lo fue, pero no quiso proyectar en una obra sistemática, su palabra de maestro y de adelantado. Creemos con Fernando Paz Castillo, que Zumeta «era más que un hombre, un estilo. Lo rodeaba un ambiente singular. Lo que decía, aun en las cosas más triviales, adquiría cierta importancia magistral. Su obra era él». Por eso, al morir, después de una ausencia muy prolongada de su patria, ha sido necesario redescubrirlo.
Su libro Escrituras y Lecturas, especie de pequeños poemas en prosa, que recuerdan a Baudelaire o a Tolstoi, ejercieron influencia en escritores de las generaciones siguientes.
Es posible que pueda descubrirse resonancia de la obra de Zumeta en Pedro Emilio Coll, o acaso, con mayor propiedad, en José Antonio Ramos Sucre. Es de advertir que las Escrituras y Lecturas de Zumeta no es una obra de creación pura. Como su nombre lo indica, es más que todo un glosario, en el que aprovecha el tema ajeno para exponer sus propias ideas, con una fina y depurada actitud crítica.
En otros aspectos de su obra, hoy conocida casi en su totalidad, Zumeta se revela como uno de los pensadores de mayor proyección en el escenario de América y del mundo.
Tan elegante y categórico como Rodó, aparece en nuestros días en su obra de conjunto esta extraordinaria figura del positivismo venezolano.
Su libro El Continente Enfermo es una briosa alerta antiimperialista. Es, por otra parte, una invitación a los pueblos débiles para que se fortifiquen mediante el ejercicio de la libertad y del desarrollo de una educación popular, nacida del perfecto equilibrio democrático.
Apela a las caraterísticas comunes de nuestros pueblos, como aspecto positivo para la defensa ante los poderosos. Por eso escribe: «Sabemos que también nosotros, en medio de muy hondas desventuras, tenemos una fuerza que sabiamente disciplinada es incontrastable: nuestra redentora, nuestra salvaje soberbia de independencia. Pero separados, además, que esa fuerza entregada a sí propia es insuficiente para la defensa; y que si la enumeración de nuestros extravíos no prueba que seamos inhábiles para defendernos, sí demuestra que debemos recurrir incontinenti a utilizar todas las fuerzas vivas de la raza, ante la inminencia del riesgo, a fin de librarnos de la infamia de ser arrebatados, a título de factorías, a estas colosales agrupaciones de miserias, o lacrimosas o maledicentes, y de opulencias cínicamente despóticas. Hijos de trópico, debemos amarlo tal como él es, por sobre toda otra región del globo, y ser capaces de guardarlo contra esas civilizaciones del becerro de oro, en donde unos centenares de señores oprimen a millones de siervos asalariados, y se vive como en un infierno, en la perpetua agitación de míseras codicias, urgidos por el miedo al hombre: civilización de banca, iglesia y cuartel, salvadas sólo por el puñado de sabios, de artistas y soñadores que arroja sobre tanta desnudez la vestimenta de la luz del ideal». La palabra del pensador restalla como látigo movido por orgullosa rebeldía, ante la amenazadora atitud expansiva del imperialismo mundial.
Es sorprendente que a casi cincuenta años de haber expuesto Zumeta estas ideas, coincidan con las de muchos analistas de nuestros días, afianzados en modernos principios de investigación, alejados de los vaticinios mesiánicos de otras épocas.
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