el maestro y el politico

La personalidad de Fermín Toro como maestro y como político se desprende de su propia actuación pública y de su obra. La influencia de la obra de Toro en el posterior desenvolvimiento cultural y político del país, es innegable. Su ágil cultura filosófica le convierte en uno de los pocos políticos doctrinarios de su generación. Es reposado, equilibrado y penetrante. Observa los hechos históricos con profunda inteligencia. En literatura, aun cuando en su época predomina el romanticismo, él concilia lo antiguo y lo moderno en su formación. En política conoce y aprecia en todo su valor el utilitarismo inglés, de ascendencia liberal; admira e intuye el gran sentido patriótico de la naciente filosofía norteamericana. En Toro confluyen todos los factores necesarios para la formación de un político moderno. Sus conocimientos, su vasta cultura le convierten en el estadista más completo que haya tenido la República en las dos primeras décadas en que predominó la oligarquía conservadora. A pesar del cúmulo de teorías y su compleja preparación intelectual que presiden su actuación pública, sus concepciones se apoyan en la realidad. Por eso, cuando en la Convención de Valencia en 1858 hace a través de su oratoria el examen de los problemas sociales y políticos del país, sus verdades son impresionantes. En su discurso pronunciado en aquella memorable convención el 29 de septiembre del año citado, sobre la federación y centro-federación, Toro adelanta el más efectivo diagnóstico de una realidad, cuyos fundamentos todavía perduran en las estructuras políticas venezolanas.

Al considerar como maestro a Toro, nos daremos cuenta que sus enseñanzas se proyectan más desde el área de su actuación pública, desde sus libros, desde la cátedra de su ejemplo. Como maestro en función docente, sus enseñanzas se reducen a una pocas clases en el Colegio de la Independencia de Feliciano Montenegro y Colón. Sus discursos, sus opiniones públicas, su constante desvelo por el destino de la patria, le hacen acreedor a ser considerado como uno de los grandes forjadores de la nacionalidad. Así lo reconoció, once años después de su muerte, Antonio Guzmán Blanco. Del Cementerio de Los Hijos de Dios, donde reposaban, los restos del ilustre hombre público fueron trasladados por su iniciativa al Panteón Nacional, al lado de los héroes de la Primera República. Juan Vicente González que había compartido con Toro los días más turbulentos de la patria, al morir el gran repúblico escribió una de sus más hermosas Mesenianas para decir: «Cuando escritores como Toro juntan a un noble carácter un bello talento, son semidioses, héroes y salvadores de su patria; son los sumos sacerdotes de un templo, donde se precipitan todos para ofrecer al cielo sus temores y esperanzas, y donde los oprimidos respiran el aire de la libertad, mezclando alegrea cantos al triste son de sus cadenas» (González, Juan Vicente: Mesenianas, compiladas por Manuel Segundo Sánchez y Luis Correa. Caracas, Ed. Sur América. 1932.)