LA TERTULIA DE LOS USTARIZ
En los últimos decenios de régimen colonial, la afimación por la musica la pmtura y la literatura, se afianza. A principios del siglo XIX, una élite refinada de la sociedad caraqueña se da cita en la casa de los Ustáriz, especie de Mecenas de las incipientes actividades artisticas, que empezaban a florecer en la ciudad. Una extensa biblioteca servia de estimulo a los contertulios. Se alternaba la música con la poesía. En los poetas se descubre ún cierto aire neoclásico, que procede de las lecturas de los mejores poetas latinos. El ambiente apacible, propenso a la meditación, estimulaba a los más jóvenes para dar a conocer sus producciones en aquellas tertulias, que terminaban en fiestas campestres, a las que concurrían lo más selecto del pensamiento criollo de aquel momento.
A los salones de la rica mansión de los Ustáriz acudió, llevado por sus admiradores, el notable poeta español Juan Bautista Arreaza. de visita en Caracas hacia 1806. Allí lee sus propias producciones. Y las de Cienfuegos y Meléndez Valdés. Julio Calcaño observa en el prólogo de su Parnaso Venezolano, que no era Arreaza uno de los mejores poetas españoles de su tiempo, y señala por encima de él a Quintana, Gallego, Lista, Burgos y Martínez de la Rosa. Sin embargo, su presencia en la Caracas colonial, deseosa de mantener viva la llama de la poesía, el poeta español encontró eco, sobre todo en el entusiasmo de los más jóvenes, cuya formación requería un estimulo de esa naturaleza.
En aquellas tertulias se encontraban con frecuencia, Luis y Francisco Javier Ustáriz, Vicente Thjera, José Luis Ramos, Andrés Bello, Domingo Navas Spínola, José María Pelgrón, Vicente Salias, Miguel José Sanz, Montenegro, Díaz y González. Indudablemente, del grupo, el que alcanzó la posteridad como poeta fue Bello. De Vicente Tejera, Calcaño menciona su Paráfrasis del Miserere. Entre las manifestaciones poéticas de esta época es muy estimada la muestra salvada de una obra más extensa, perteneciente a la monja Sor María Josefa de los Angeles. Ella tradujo e imitó. En este último aspecto, se reconoce en su poesía la huella de Santa Teresa. Sor María Josefa de los Angeles, había nacido en Caracas el año de 1765. Fueron sus padres D. Blas Paz del Castillo y D. Juana Isabel Padrón. Su nombre de pila fue el de María Josefa Paz del Castillo. Según sus contemporáneos, María Josefa «brillaba en los salones de la sociedad caraqueña por su rara hermosura y su temprano ingenio; revelado a los 16 años». En 1790 empezó a profesar en el Convento de las Reverendas Madres Carmelitas de Caracas. Su único poema conocído hasta ahora es el sigue, intitulado Anhelo.
Es mi gloria mi esperanza.
Es mi vida mi tormento.
Pues muero de lo que vivo
y vivo de lo que espero.
Espero gozar mi vida
En la muerte que padezco.
Yen cada instante que vivo
Un siglo forma el deseo.
Deseo morirme. y cuando
Efecto juzgó mi afecto.
La muerte traidora huye
Para dejarme muriendo.
Muriendo vivo y me aqueja
El dolor de no haber muerto.
Que. ausente del bien que adoro.
Ni salud ni vida quiero.
Quiero en alas del amor
Sacrificar mis alientos.
y como el vital no rindo
Por rendirlo desfallezco.
Desfallezco. gimo. lloro.
y; triste tórtola. peno.,
Siendo tristes mis arrullos
Indice de mi tormento.
Tormento que me reduce
Al llegar a tal extremo. i
Que. sin admitir alivio. "
Lágrimas son mi sustento.
Como se observa, la voz fresca de esta monja sobresale entre las de sus comtemporáneos, muchos de ellos seguidores sumisos de los más conocidos poetas de la península. Lástima que otras muestras de Sor María Josefa se hayan perdido en los reservados archivos del Convento.
Entre las figuras que daban lustre a la tertulia de los Ustáríz debemos destacar, entre otros, antes de referírnos en especial a Bello, las de José Luis Ramos y Miguel José Sanz.
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