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los cuentistas de transicion
En el panorama de la cuentistica venezolana a finales del siglo XIX y principios del presente, señorean generalmente escritores nacidos en la segunda mitad de la centuria anterior.
En 1909, todavía sn liquidarse la poderosa influencia del modernismo en nuestra literatura, surge una pequeña promoción de cuentístas, estimulados por la aparición de la inolvidable revista «La Alborada», entre cuyos directores se encontraba Rómulo Gallegos. Fuera de Gallegos, que ya hemos mencionado, habría que señalar a Enrique Soublette, a Julio Horacio Rosales, a Carlos Paz García, al mismo Pocaterra, al que nos hemos referido anteriormente, a Leoncio Martínez, a Joaquín González Eiris, a Jesús Enrique Lossada, a Casto Fulgencio López y a Julio Garmendia.
Enrique Soublette(1886-1912) murió muy joven. Fue compañero de Rómulo Gallegos en sus primeras andanzas literarias. Una pequeña muestra de sus cuentos: Un pocito en el Monte, Las Calderas y La Fajina. lo revelan como a uno de los temperamentos mejor dotados de su generación para la creación narrativa.
Asimismo, Julio Horacio Rosales (1885-1970) fue uno de los grandes estetas, con una gran sobriedad, de los comienzos del cuento moderno venezolano. Entre las obras de Rosales: merecen citarse Aires Puros, Fatum -el mejor rábula, Caminos Muertos y Bajo el Cielo Dorado, con una técnica descriptiva, ágil y fresca, llena de evocaciones en las que el paisaje juega un papel fundamental.
Un cuentista en el que se nota la influencia preciosista de la prosa modernista, es Carlos Paz García (1876-1939). El mismo título de su único libro de cuentos publicado: La Daga de Oro, refleja ese apego por las palabras a las que hay que darles un rango singular. La trama de sus cuentos y la trayectoria de sus personajes se esfuman en uno como discurso poético, más que narrativo.
Un cuentista en el que la nota de ironía amarga, humorismo y realismo se estremezclan, es Leoncio Martínez (1888-1941). Otras veces hemos dicho que Leoncio Martínez, más conocido por su seudónimo de Leo, es una especie de Zola venezolano, en el cuento. Sus cuentos, Aire de mar, Obsesión, Negro, Blanco y Rojo, Eclipse de Sol y La Declaración, revelan a un narrador en tono menor, dispuesto siempre al sarcasmo, sin reparar en los efectos artísticos del discurso literario.
En el occidente del país. tal vez sin vibrar muy al día con las influencias que se barajaban en la capital de la República, surge el cuentista zuliano Jesús Enrique Lossada (1892-1948). Hemos dicho en otras oportunidades que trae a la narrativa menor venezolana, una nota exótica, cosmopolita, con su libro La Máquina de la Felicidad. Sus cuentos tienen tendencias filosóficas y se observa en ellos cierto aire de escepticismo e ironía. En cierta forma se emparenta con alguna de las vertientes del modernismo, cuya vivencia para el momento de su figuración generacional, no se había extinguido.
Dentro del grupo de cuentistas que se abren paso por entre las influencias del modernismo, está sin duda, Casto Fulgencio López (1893-1962). Tal vez entre sus primeros maestros en el arte de narrar, estuvo Luis Manuel Urbaneja Achelpohl. Su libro de cuentos, Pajaritas de Papel, se desenvuelve en lo que hoy hemos dado en llamar en nuestra narrativa menor, un neonaturalismo.
Uno de sus cuentos más recordados, es el que se intitula ¿Madrugada? donde el hombre rudo, apegado al campo, defiende su tierra palmo a palmo contra los desmanes de un comisario arbitrario.
De todo este grupo de cuentistas, cuya búsqueda representa un momento de transición, tanto en el estilo, como en la temática, dentro de nuestra literatura se destacan en última instancia, Julio Garmendia (1898-1977). El crítico Jesús Semprum, prologuista del primer libro de Garmendia, Tienda de Muñecos, en 1927, anotaba que este escritor no tenía antecesores en nuestra literatura. Se refería sin duda Semprum a la vena fantástica que se observaba en las creaciones narrativas de Garmendia, desde un primer momento. Lo mismo había señalado el fino ensayista César Zumeta, con relación al primer libro de Garmendia. A diferencia de casi todos los demás cuentistas mencionados. Julio Garmendia vino a ser descubierto ya en los días de su ocaso creador, por las nuevas generaciones. Dejó dos libros fundamentales: La Tienda de Muñecos y La Tuna de Oro. En sus cuentos, Garmendia logra ensamblar la ironía y la fábula en forma tal que es difícil sentenciar, cuando nos encontramos frente a una u otra circunstancia a lo largo de la redacción narrativa.
En una época en la que el paisaje objetivo era el medio de exhibir facultades poéticas en el cuento, llama la atención que Garmendía hiciera caso omiso de la moda. A pesar de que su estilo es cuidadoso, firme, de pureza impresionante, no cae en el desarrollo de descripciones y eso que llama Barthes, expansiones. El prefiere crear un cuento de ideas, de sugerencias, en el que la palabra juega también su papel importante, no como oropel sino como concepto, como elemento substancial de la creación literaria.
Como explorador de una fantasía cargada de reticencia, en la que se mueven unos personajes, si no extraños, al menos en apariencia ajenos a una realidad grotesca, Garmendia se diferencia fundamentalmente de todos los narradores que coinciden cronológicamente con él en su generación.
Hoy cuando el cuento es acción pura y simple, de personajes inacabados, cuando no es remedo de la novela propiamente dicha, sino creación por obra y gracia de la palabra. es necesario proclamar la vigencia de los cuentos de Julio Garmendia, en los que se nos transparenta una subrealidad de vida permanente en la más legítima naturaleza de la ficción.
La Tienda de Muñecos es un libro capital en nuestra literatura narrativa menor. En él se descubre la presencia de un extraordinario escritor, de un delicado artista, de un hombre que sonriente nos da la versión del drama de todos los hombres del mundo.
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