manuel vicente romero (1865-1917)

De las vertientes del realismo y del naturalismo, nace la obra narrativa de Manuel Vicente Romero García. Las influencias de Zola, en Francia, y de Alarcón, Pereda, Valera, Pardo Bazán, en España, conforman nuevas búsquedas en la narrativa venezolana, que hasta entonces se había contentado con reproducir los enredos románticos de la literatura folletinesca. Hubo un viejo escritor, Tomás Michelena, que entusiasmado por las nuevas corrientes, deja novelas como Débora, Un Tesoro en Caracas, Margarita Rubinstein y La Hebrea. También Gonzalo Picón Febres, estimulado sobre todo por el realismo español, compuso novelas, en las que a rato se asoman los tipos, las costumbres y los paisajes venezolanos. Sin liberarse del fárrago romántico, Picón Febres escribe novelas como Flor, Fidelia. El Sargento Felipe y Ya es hora, aparecidas entre 1890 y 1900.

Sin duda, de los intentos mejor logrados dentro de estas corriente, está el de Romero García con su novela Peonía, publicada en 1890.

Se dice que Romero nació en Camatagua y pasó su juventud en la ciudad de Valencia. Fue un joven inquieto y mostró a temprana edad su vocación por el periodismo. Actuó en política y acompañó en los primeros años de su gobierno, al general Cipriano Castro. Antes, en sus días juveniles había sido encarnizado opositor del régimen del general Antonio Guzmán Blanco.

Además de la publicación de Peonía, se dice que Romero dejó una novela sin recoger en volumen, la cual publicó por entregas en un periódico que dirigía José María Vargas Vila en Mérida: «El Eco Andino». Su nombre: Marcelo . Asimismo fuimos informados que el escritor dejó una novela inédita, cuyos originales han desaparecido, intituladá Mí Parroquia .

En tomo a la obra de Romero García se han suscitado fuertes controversias en nuestro medio literario. Hasta nuestros días se ha extendido la polémica en torno a la novela. El critico Julio Planchart, por ejemplo en sus «Reflexiones sobre novelas venezolanas, con motivo de La Trepadora», publicadas en 1927 y posteriormente reafirmadas en un largo trabajo polémico, publicado en la Revista Nacional de Cultura (1940) enjuicia con extrema severidad la obra literaria de Romero. Para Planchart, Peonía es una novela recargada de prosa periodística sin un plan bien determiinado, donde se mezcla la ficción con discursos políticos mal intercalados, sin mantenerse en el plano estético propiamente dicho. El crítico argumenta que la improvisada cultura de Romero no lo autorizaba para emprender una obra de aliento, como lo es en sí la novela, y que su preparación en estos menesteres era verdaderamente escasa. Pasajes de mal gusto subraya Planchart en Peonía, para concluir que esta novela en el espíritu del lector avisado deja una desagradable impresión. Más o menos, por el camino de Planchart habían transitado críticos como Gonzalo Picón Febres y Jesús Seprum, al referirse a la novela Peonía.

En desacuerdo con estas opiniones, quizá demasiado rigurosas, se han mostrado en nuestros días, críticos como Rafael Angarita Arvelo en su Historia y Crítica de la Novela en Venezuela, y Mariano Picón Salas en su Formación y Proceso de la Literatura Venezolana. También el escritor uruguayo Hugo D. Barbagelata en su libro La Novela y el Cuento en Hispanoamérica, parece quebrar lanzas en defensa de Romero García, cuando afirma que el descuido en la prosa de Romero y los otros defectos que se señalan no son lo suficientemente condenatorios para su obra, ya que escritores como Zola, por ejemplo, fueron incorrectos, sin dejar de representar grandes jalones en el proceso de la literatura universal.

Realmente, la novela Peonía, fuera de todos sus defectos, posee un gran valor histórico, ya que ella representa para la narrativa venezolana el momento culminante de la aprehensión de lo verdaderamente criollo, a través de personajes, de costumbres, de paisajes y una lengua con características típicamente venezolanas.

A pesar de que Romero, como ha apuntado Julio Planchart, siguió muy de cerca para hacer su novela a la María de Jorge Isaacs, no es menos cierto que a ratos se siente en Peonía la fuerza de lo nativo. Lejos del inventario improvisado y de compromiso, que muchos novelistas quisieron hacer de nuestra naturaleza, de nuestras gentes, está el autor de Peonía. Hombre vital que se confundió con nuestros problemas, que conocía bien nuestra sicología, Romero supo insuflar a su novela el calor de lo criollo, lo fundamental del espíritu venezolano. Los personajes centrales de la novela, Carlos y Luisa, están bien delineados, como para responder a la estructuración del idilio rural que se plantea en el desarrollo de Peonía. No participamos de las argumentaciones de Planchart, cuando afirma que los protagonistas de la novela de Romero, carecen de vitalidad, de consistencia, y que nadie sabe en Venezuela, quienes fueron Carlos y Luisa, como se ha sabido en el mundo, quienes fueron Efraím y María, Werther y Carlota, Dex Grieux y Manón.

Sin tener la trascendencia de obras idílicas de tanta magnitud. Peonía, sin embargo, nos presenta diferentes aspectos del sentir y del pensar venezolanos, a través de una universal manifestación, como es la del amor. El carácter apacible de Luisa, su fina sensibilidad, su ternura escondida en el mismo sufrimiento, hacen de este personaje un prospecto definitivo para las futuras creaciones del espíritu femenino venezolano, dentro de nuestra narrativa. Por su parte, Carlos, espíritu sagaz, de buenos modales, nobles sentimientos, siempre en acecho de nuestros propios valores, es dechado de consistencia en la novelística posterior, como la de un Rómulo Gallegos, con su Reinaldo Solar; la de un Díaz Rodríguez con Alberto Soria, o la de una Teresa de la Parra con su misma María Eugenia Alonso, de Ifigenia, Los otros personajes importantes de la novela de Romero: el tío Pedro, el tío Nicolás y la señora Segunda, poseen rasgos suficientemente aprovechables, corno para perfilar el espíritu venezolano contemporáneo del autor de Peonía.

El tío Pedro, a pesar de todas sus crudezas, que en realidad son las que le caracterízan como a un personaje criollo, en su lenguaje, en su manera de actuar, etc., es arquetipo del hacendado venezolano, cuya formación pertenecía al siglo XIX. El tío Nicolás representa el progreso. Ya es el hombre ilustrado que lee, que se informa, que se preocupa por los problemas del mundo y que puede significar la liberación del campo venezolano, del marasmo en que estaba sumido a causa de la ignorancia. Es como un lejano anticipo de Santos Luzardo. La señora Segunda, por su parte, es un personaje de singulares contornos. El mismo Planchart, acre censor de la obra de Romero, reconoce en este personaje rasgos excepcionales. Efectivamente, la señora Segunda pudiera ser el prototipo de la bruja de pueblo o de campo, con sus artimañas, sus supersticiones, su rico mundo misterioso, que hemos heredado en todas partes de la vieja tradición castellana, a través de La Celestina, de Fernando de Rojas, o La Trotaconventos, del Arcipreste de Hita.

En realidad, los personajes en la obra de Romero García no son lo suficientemente bien constituídos como para resistir un análisis exhaustivo de sus condiciones vitales; pero quizá van un poco más allá del esbozo, quizá se muevan aún por encima de la tinta muerta de los tipos de imprenta.

En cuanto a la trama de la novela, se ha dicho y se ha repetido con insistencia que Romero siguió muy de cerca la novela María, del colombiano Jorge Isaac, para componer la suya. El aserto es irrebatible. Pero no se puede negar que el mensaje venezolano cobra relieves fuertes en la novela Peonía y que los personajes se desenvuelven en él con una campechanía, con una saludable rusticidad, propia de nuestro medio. Romero se propuso describir en su novela un idilio rural. Lo hizo en Yo. Probablemente, tal determinación responda a una razón autobiográfica del autor.

Los hechos se suceden así en la novela: un joven ingeniero, recién graduado, es llamado a la hacienda «Peonía», por su tia Pedro, hombre ignorante, brusco, para fijar límites en el pleito que sostiene con su hermano Nicolás, su colateral. En «Peonía» el joven ingeniero se siente a sus anchas y al final la da por enamorarse casi piadosamente de su prima Luisa. Con ingenuidad es correspondido por ésta. Se suceden distintas escenas de tinte romántico y hasta figura un segundo personaje enamorado de Luisa, un médico, que contribuye a dar mayor interés al idilio entablado entre Carlos y Luisa. Después de algún tiempo en «Peonía», Carlos, el joven ingeniero, regresa a Caracas. En su mente se agita el recuerdo de la amada. Pero se interponen en su camino múltiples prejuicios sociales. En Caracas es víctima de su obsesión y cae enfermo. Al levantarse de la cama es prendido por la polícia, como conspirador. Después irá al destierro, en consideración a su estado de salud. En Trinidad, transcurren sus días de exiliado en medio de todo género dc contratiempos. Pero la muerte del abuelo en Caracas, hará que sus familiares consigan su regreso. Al llegar a Caracas, es presa de la ansiedad por volver a «Peonía». Por eso, la misma noche de su llegada, se dirige a la hacienda. Al acercarse, ve con sorpresa un resplandor rojizo que llena el valle. Es un incendio provocado por antiguos servidores de la hacienda que habían sido despedidos días antes. En la tragedia perece el tio Pedro junto con toda la familia, pero Carlos tiene tiempo de tomar por última vez entre sus brazos a Luisa, que casi expiraba en el momento de su arribo. Esta es la trama de la novela de Romero García. No se puede negar que los grandes contrastes se producen en ella como para generar, a su vez, grandes efectos sicológicos. El contrastre entre Nicolás y Pedro, entre el idilio y el incendio, entre el estado de alma del protagonista y su prisión, todo revela una buena disposición de los recursos narrativos por parte del autor.