pedro emilio coll (1872-1947)

 

 
Pedro Emilio Coll

 

Es quizá la figura más descollante del grupo de «Cosmópolis», y uno de los teóricos más reposados y sutiles de nuestra generación modernista. Nació en Caracas en el año de 1872. Por su fina ironía, por su espíritu de hondo pensador, hay que colocarlo entre los modernistas de la evasión. Pedro Emilio Coll observa con un aire de convencimiento el mundo de su época. Y escribe páginas de crítica y de interpretación.

De Renán aprende la sabia ironía; de Bourget, profundos conceptos; de Stendhal, un sentido de lo universal.

Hombre de mundo, en medio de su aparente carácter huraño. Pedro Emilio Coll es uno de los escritores modernistas venezolanos con una mejor visión de la cultura de su tiempo. Sin embargo, sus ideas no aparecen exclusivamente matizadas por lo exótico. Piensa que hay que aprender primero en lo universal, para llegar después a lo local solamente. Estas fueron sus iniciales prédicas en «Cosmópolis». Con una amplia visión del mundo y de sus problemas, Coll se abocó a recoger aspectos típicos de la vida venezolana en los días en que le tocó vivir.

En grandes cuadros aprisiona, como en un lienzo, destacadas situaciones de la sociedad de aquellos años. A veces se emparenta en sus cuadros con los deliciosos costumbristas de la primera mitad del siglo XIX.

Con una modestia un tanto escéptica, no quiere deslumbrar con su obra. Sino que prefiere quedarse en la divagación, en el apunte certero, en la nota cargada de ingenio. De aquí su reducida obra. Tres libros únicamente respaldan su nombre literario: Palabras, El Castillo de Elsinor y La Escondida Senda. Sin embargo, es la de Coll una de las obras literarias de mayor calidad estética y filosófica dentro de la de los escritores de su generación. Su prosa, sin deslices, pura, limpia, se aleja un tanto de la prosa alambicada y recargada de adornos del modernismo. En el interior de su Castillo de Elsinor, que es su propia conciencia. concibe las más brillantes ideas y completa en silencio la tierra y divisa el cielo.

Coll, que es el crítico y esteta de su generación, crea en nuestra literatura una preocupación filosófica destinada a encontrar el secreto de las cosas. De su obra, el mismo Coll escribe: «Me parece que los tres libros que he publicado, por el camino de inconexas impresiones y glosas, se dirigen a conciliar algunos de mis antagonismos y contradicciones espirituales. Por lo demás, al tomar la pluma hice un examen de conciencia para medir, con su poquillo de fatuidad, la influencia que pudiera ejercer sobre los lectores desprevenidos. Bajo el signo de la tolerancia, puse, aquellos tres libros; tolerancia que no nace espontáneamente, sino en pugna contra nuestras pasiones elementales y nuestra insoportable manía de querer tener siempre razón.

En estas palabras, el crítico nos da la medida de sucomprensión y de su tolerancia. No aparece por ninguna parte el egoísmo que algunos han querido ver en su actitud intelectual. Ese mundo de evasión, de retraimiento que han subrayado en la vida literaria de Coll no es más que un fenómeno de inhibición espiritual en un mundo de tropiezos y de fuertes y ásperas aristas. El drama político que vivía la Venezuela en la que empezó a pensar y a escribir Pedro Emilio Coll, tenía que encaminar a los escritores de entonces hacia un subjetivismo que para muchos constituyó su torre de marfil. Coll siguió los pasos de Hamlet en los años de su juventud. Y guiado por su intuición poderosa, llegó a las puertas de El Castillo de Elsinor. Alli vivió su vida de sueños sublimados y recogió los frutos de sus análisis instropectivo.

En sus memorias o notas sobre su personalidad literaria y su obra, que no llegó a concluir, interrumpido por la muerte y que de manera magistral ha hilvanado en un libro póstumo el brillante escritor Mario Briceño Iragorry, habla el maestro de sus cuentos y páginas de juventud. Recuerda a Opoponax, cuento en el que él expone la crisis de un joven obsesionado; a El Diente Roto, en que él relata la história de un muchacho que se hizo célebre por darse con la punta de la lengua en un diente despedazado por un guijarro. A este cuento se le ha encontrado mucho parentesco, por el personaje Juan Peña, con una de las epístolas de Fadrique Méndez, donde el escritor portugués Eca de Queiroz creó un personaje semejante, con el nombre de José Joaquín Alves Pacheco.

También recuerda el crítico sus Notas de Estética, publicadas en «El Mercure de France», en las que defendió las nuevas corrientes literarias americanas, canalizadas en el poderoso movimiento del modernismo. Muchos de estos trabajos han sido recogidos a la muerte del escritor en un volumen bajo el título El Paso Errante, con prólogo de Mario Briceño Iragorry, compañero y amigo entrañable de Coll.

A pesar de que Pedro Emilio Coll rechazó siempre con energía el nombre de maestro, no se puede negar que su actividad literaria fue una constante cátedra de filosofía y buen gusto. A las últimas generaciones del país las estuvo guiando hasta su muerte, acaecida en 1947, con palabra reposada, franca y repleta de sabiduría.