rafael maria baralt (1810-1860)

A la historia de González se opone en nuestros orígenes la historia de corte clásico de Baralt. Rafael María Baralt es un contemporáneo de Juan Vicente González. Había nacido el 3 de Julio de 1810 en Maracaibo. Niño aún, su familia se residenció en Santo Domingo, de donde procedía su madre. A los once años volvió a Maracaibo. Y allí se residenció hasta 1826, cuando acompaña a su tío Luis Baralt a Bogotá donde realizó sus primeros estudios humanísticos. Cursó, aunque no en forma muy regular, latinidad, filosofía y derecho. Luis Correa, en su libro Terra Patrum, cita el testimonio de uno de los compañeros de aula de Baralt Juan Francisco Ortiz, mediante el cual podemos darnos cuenta de que el joven venezolano no había tomado en serio sus estudios, tal vez por causas que el mismo Correa trata de explicar: entre otras, el clima de intrigas y conspiraciones que se vivía en la Bogotá de entonces. El testimonio de Ortiz es el siguiente: «Entre los asistentes de la clase regentada por el Dr. Soto Mayor hubo uno notable, y no debí poner entre los asistentes, pues era un mozalbete despilfarrado que concurría cuando se le antojaba, es decir, uno o dos días por semana que los otros los gastaba en comer frutas en el mercado o en vagar por las calles de la ciudad. Tendría entonces ventiun o ventidos años, cuando más. Hablaba francés con alguna soltura y me forzaba a patullarlo con él. Me quería mucho, le gustaban mis versos, y a mi me gustaban su trato franco y su animada conversación. Estaba encantado con la Ilíada de Homero, que leía constantemente, hablaba a cada paso de sus héroes y de sus combates, y recuerdo que me prestó un ejemplar de la traducción de Bitavé para que la leyera. Andaba siempre roto y desgarrado, y no por falta de buena ropa, sino porque cuidaba poco de sus vestidos; sabía la crónica de su ciudad; era infalible en la barra del Congreso; describía con exaltación el mar y el lago de Maracaibo; suspirando tristemente por el día de regresar a su país nativo. No me recuerdo de su cara, pero si de sus travesuras y pícaras ocurrencias, que llegaron a tal punto que, de la noche a la mañana, supimos que su tío, respetable sujeto, Presidente del Senado de Colombia lo hizo montar en una mulayes:oltado por su asistente lo mandó para su tierra. Este Joven era el célebre Rafael Maria Baralt». (Correa, Luis, Terra Patrum, Biblioteca Popular Venezolana.Caracas. 1961. p. 47-48).

En 1830 Baralt se encuentra de nuevo en Maracaibo. Es Partidario de la disolución de la Gran Colombia. Por eso acompaña a los separatistas en sus primeros pasos. A las ordenes del General Santiago Mariño, alcanzó el grado de Teniente. Poco tiempo después desempeñó un cargo en el Ministerio de Guerra y siguió estudios en la Academia Militar establecida en Caracas por Juan Manuel Cajigal. En 1835 luchó contra los reformistas, durante la presidencia del Dr. José María Vargas y fue ascendido a Capitán de Artillería. Como funcionario del Ministerio de Guerra estaba en 1840 cuando fue comisionado para publicar en París su Historia Antigua y Moderna de Venezuela. A su regreso fue designado Consejero del Ministro Fortique, en Londres. De Inglaterra, Baralt pasó a España, donde residió por el resto de su vida. Murió en Madrid en el año de 1860. Baralt, después de sus años en Bogotá realizó por su cuenta profundos estudios de literatura, de filosofía y de matemáticas. En «El Correo de Caracas», periódico que dirigia Cajigal y en «La Guirnalda», revista clirigida por el humanista José Luis Ramos, publicó el escritor zuliano sus primeros trabajos literarios. Su obra responde a un ponderado estilo clásico. Para algunos, como Gil Fortoul, Baralt, con su celo purista frente a los galicismos, no es más que un reaccionario del idioma. Sin embargo, la obra del venezolano alcanzó dimensiones extraordinarias en el consenso de los más eminentes de la literatura española de su tiempo. Hacia 1843 llega Baralt a España. Se detiene en Sevilla en la búsqueda de documentos sobre nuestros legítimos derechos en el Territorio de la Guayana Esequiba. Posteriormente pasa a Madrid.

En la capital española llega a ser redactor principal de «El Siglo» y redactor de «El Tiempo» y «El Espectador». En 1849 publicó su «Libertad de Imprenta». En ese mismo año sale a la luz pública «Los Partidos Políticos en España». Sus relaciones aumentaron en España al conocerse su labor de periodista y de hombre de letras. En 1853 fue elegido individuo de número de la Real Academia Española, para ocupar el sillón vacante, marcado con la letra R, que había ocupado el eminente literato Juan Donoso Cortés.

En sus años de mayor devoción al estudio de la lengua, pública su Diccionario de Galicismos y deja inconclusa una obra monumental: Diccionario - Matriz de la Lengua Castellana . A ratos cultiva la poesía y envía sus recuerdos a la lejana patria como en su famoso poema Adiós a la Patria , por donde pasa con nostalgia tímida de clásico, su amor por la tierra nativa.

 

 
Rafael María Baralt

 

Para nuestra literatura, tal vez la obra de Baralt que tiene mayor importancia y por lo tanto mayor proyección, sea su Resumen de la Historia Antigua y Moderna de Venezuela. La obra está escrita con una corrección impecable, con una rigidez académica severa. El autor sigue a los maestros del género en España, a diferencia de Juan Vicente González.

Ya no son los historiadores románticos, sus mentores. Son el padre Mariana, Solís, Melo. Quizá su pesado humanismo priva a su historia de la pasión, de la vitalidad, de la dinámica, necesarias siempre, en obras de esta naturaleza. Baralt fue excesivamente formalista. En esto se diferencia un poco de sus compañeros de generación: Toro y González. Aun se diferencia del propio Bello, Menéndez y Pelayo diferenciaba a los dos humanistas venezolanos, considerando a Baralt como preceptista y a Bello como filólogo. Realmente la obra de Baralt se caracteriza por su retoricismo, por su elegancia formal. Con todo, en el campo de nuestra historiografía, funda una escuela que se proyecta con vigencia absoluta hasta muy entrado el siglo XIX. El juicio mesurado Baralt, su corrección idiomática, su minuciosa revisión de nuestros principales acontecimientos históricos en su obra, le mantuvieron durante muchos decenios, como el modelo más aceptable en la orientación historiográfica venezolana. Es posible que estas circunstancias hayan retrasado demasiado la evolución de nuestros estudios históricos, como lo observó hace pocos años el Dr. José Luis Salcedo Bastardo en su trabajo Críticas de la historiografía tradicional, en el que anota al respecto: “Esta preferencia por la guerra y sus accidentes no es un hecho fortuito. La historiografia tradicional venezolana, siguiendo la inspiración clásica, elude todo lo que no sea acontecimientos bélicos o políticos. El versículo que tácitamente inspira todos los 'sermones' de ese , credo tradicional pertenece al libro de Baralt: «Los trabajos de la paz no dan materia a la historia: cesa el interés que ésta inspira cuando no puede referir grandes crímenes, sangrientas batallas o calamitosos sucesos». En los períodos de tranquilidad «nada hay, por tanto, que merezca referirse». (Salcedo Bastardo. José Luis: Críticas a la Historiografía Tradicional en Historia de la Cultura en Venezuela. EBUC. Caracas. 1955. P. 273).

Realmente, la historiografía cultivada por Baralt obedece a propósitos determinados por nuestras condiciones de pueblo aun en formación. Más que todo su obra es un examen general de lo que había transcurrido en nuestra corta vida republicana. Sin detenerse en el análisis de los hechos, sin llegar a «la forma espiritual en que una cultura se rinde cuenta de su pasado» como quería Huizinga. Nuestros primeros historiadores, como Baralt, conciben la historia en función de los hombres, considerados como factores providencialistas. El sentido crítico se oscurece ante la exaltación a veces polémica y apasionada. Esta misma orientación de su libro, provocó frente a Baralt opiniones y actitudes borrascosas. Se dice que su ida de Venezuela. tiene relación con el descontento de algunos protagonistas de nuestra historia, enjuiciados con franqueza por el historiador.