realismo y naturalismo

Es indudable que el realismo y el naturalismo surgen entre nosotros, al calor de la discusión científica. Especialmente el realismo tiene que ver con la queda filosófica de la verdad, de los objetivos, que al fin y al cabo desemboca en la corriente sociológica que en llamarse positivismo. En este sentido, en Venezuela al comienzo de la década de los años 80, cobró gran auge en el estudio de ideas, especialmente entre los jóvenes, el nombre y la obra del gran pensador francés Augusto Comte. Con el positivismo se renueva entre nosotros la búsqueda universitaria. Desde las cátedras de Ciencias Naturales e Historia, se promueven las nuevas ideas. Desde la primera, lo hace el Dr. Adolfo Ernst. Desde la segunda, el Dr. Rafael Villavicencio. Adolfo Ernst, eminente naturalista alemán, residenciado en el país durante largos años, divulga entre sus discípulos los adelantados credos positivistas y evolucionistas, frente a la enseñanza un tanto teórica y extemporánea, matizada por una filosofía clerical e interesada, que se venía imponiendo desde hacía mucho tiempo en las aulas universitarias venezolanas. En el Primer Libro Venezolano de Literatura, Ciencias y Bellas Artes, publicado en 1895, el escritor León Lameda, al referirse a Ernst, dice lo siguiente: «Lingüista, naturalista, físico, etnólogo, ningún misterio puede escaparse de su análisis. Sus escritos admiran, enseñan y convencen; su laboriosidad asombra y la serenidad y placidez de su espíritu en medio del incesante batallar, le exhiben como un ser predestinado a la alta misión que desempeña. Nunca se ponderará bastante el beneficio que ha derivado Venezuela de la incorporación a nuestra patria de este sabio, que con su ejemplo y contracción ha engendrado el amor a la ciencia, divulgándola por la enseñanza y sosteniéndola por la constancia». Ernst hereda un poco la tradición científica que había dejado el Dr. José María Vargas en los estudios universitarios venezolanos. Como profesor en la Universidad y como Director del Museo Nacional. Nombrado por el Gobierno de Guzmán Blanco, puede el sabio dedicarse a su labor de investigador y de maestro. En biología divulga la teoría evolucionista y en filosofía se acoge al entonces novedoso positivismo. Por su parte, el venezolano Rafael Villavicencio, en su cátedra de Historia Universal, complementa las enseñanzas de Ernst. Sigue con mayor propiedad las teorías del positivismo en el conocimiento de las ciencias sociales e inagura en Venezuela el estudio de la sociología.

 

 
Antonio Guzmán Blanco

 

Según Luis Razetti, «El Dr. Rafael Villavicencio conmovía el espíritu de la juventud universitaria con sus magistrales lecciones de filosofía de la historia. Con su gran talento y su vastísima ilustración, nos ofreció el cuadro completo de la evolución del pensamiento a través de las edades; nos hizo asistir al nacimiento de la ciencias en Alejandría, a la caída del espíritu grecorromano bajo la lápida mortuoria de la Edad Media, el renacimiento de las ideas en los siglos XV y XVII, al triunfo definitivo de la libertad de conciencia después de la Revolución Francesa, ya la plenitud de la victoria del hombre de su lucha secular con el error, en las postrimerías del gran siglo de la independencia del espíritu humano bajo la protección del Derecho».

Así, al calor de las enseñanzas de estos dos maestros excepcionales se establece un clima de renovación y de entusiasmo de la juventud que hacía sus primeras armas científicas y literarias.

La nueva postura doctrinaria de los sabíos profesores Ernst y Villavicencio, no había de pasar inadvertida. Encontró múltiples detractores entre los integrantes de las viejas generaciones, apegados al estatismo de las instituciones tradicionales y a las anquilosadas teorías de un escolasticissmo crepuscular. Los jóvenes defienden con calor sus ideas y sus experiencias. Manejan conocimientos novísimos, amparados en los nombres de Taine, Spencer, Darwin, Bagehot, Lefébvre, Donnat, Lubbock, Letourneau, Bourget, Strauss.

Las polémicas se contrajeron más que todo al campo de la ciencia. En ellas intervinieron nuevas figuras de la orientación científica venezolana. Luis Razetti. David Lobo, Delgado Palacios, Pablo Acosta Ortiz, después sobresalientes maestros de los estudios médicos, estuvieron entre los abanderados del movimiento positivista en las últimas décadas del siglo XIX.

Aparejado al proceso de renovación científica y filosófica, operado en los días del centenario del nacimiento del Libertador, se observa el movimiento de renovación en el campo de la literatura.

El crítico Gonzalo Picón Febres en su libro La Literatura Venezolana en el Siglo XIX, al respecto apunta lo síguiente: «Para entonces, ya habla tomado cuerpo la influencia de Zola en la literatura Francesa, y trascendía a las demás naciones de Europa; renacían los nombres de Diderot, Enrique María Beyle, el gran Balzac y el director Flaubert; triunfaban los Goncourt con el análisis profundo montado en exquisito estilo artístico, y Daudet con su risueña ironía, con sus fieles y animadas descripciones, con su noble ingenuidad y con su admirable graciosa sencillez; Edmundo de Amicis, en Italia, encantaba y sorprendía por el reflejo exacto de la vida que se ve en toda sus obras; Pérez Galdós, Pereda, Emilio Pedro Bazán, José Ortega Munilla, Leopoldo Alas, Armando Palacio Valdés y Jacinto Octavio Picón, enriquecían y regeneraban la novela española: el nombre del portugués Eca de Queiroz traspasaba las fronteras de su patria con la admirable obra titulada O Primo Basilio; Núñez de Arce se imponía a la imitación con La Pesca y el Idilio Incomparable; se evocaba el gloriosísimo recuerdo de la María de Jorge Isaacs, por su realidad vivida y por su intenso color americano; y en Francia, y en Italia, y en España, y en Portugal, y en América Española, se investigaban los orígenes y manantiales del realismo en la literatura se describía su evolución, se trazaba su genealogía, se ensalzaban a sus audaces corifeos, y se protestaba a cada paso con la inmoralidad que se atrevían a suponerle, propalándola con espanto en lenguaje efectista y sentimental, los escritorios tímidos y los que no lo eran».

Más adelante señala el crítico que «Aquella ola de realismo avasallador y saludable, capaz de acrecentar de nuevo la empobrecida savia de la literatura, llegó también a Venezuela, y comenzó a influir de una manera vigorosa en los ingenios que iniciaban entonces su carrera literaria, cansados ya de los procedimientos clásicos, no menos que de las vaguedades y extravíos del romanticismo».

Como una de las manifestaciones más elocuentes del entusiasmo que predominó entre los jóvenes de aquella generación, tanto en el campo científico como en el literario, se puede tomar la fundación en 1882 de la «Sociedad de Amigos del Saber». En ese grupo militan las que van a ser después las más sobresalientes figuras de la literatura nacional de su tiempo. Allí están: José Gil Fortoul, Lisandro Alvarado, César Zumeta, Luis López Méndez y un joven, muerto en edad temprana, Daniel MacCarty.

El mismo Gil Fourtoul, al hacer un recuento de aquella iniciativa juvenil en su trabajo Literatura Venezolana, anota que «La Sociedad abre sus puertas y ofrece su tribuna a todas las opiniones, y en breve tiempo las firmas de sus miembros llaman la atención pública desde las columnas de los periódicos». Al grupo de la «Sociedad de Amigos del Saber» habría que agregar para conformar el panorama general de nuestra literatura en aquel momento, los nombres de Rafael Cabrera Malo, Manuel Vicente Romero García y Miguel Eduardo Pardo. En cierta forma, un viejo escritor, que empezó a comulgar con las nuevas tendencias, como Tomás Michelena, merecería una referencia al margen.

Contra todos los obstáculos del medio, el predominio de cierto dogmatismo profesado por los antiguos pensadores, amén de cierta actitud confesional de algunos círculos institucionales, la nueva generación se abrió paso. Así, un clima de discusión se apodera de las páginas de los periódicos de la época. Lo que antes hubiese sido imposible, en los días del positivismo se hace realidad. A la polémica cíentifica dan calor algunos religiosos. Los Obispos Esteves, Rodríguez y el padre Castro, quiebran lanzas contra la avanzada de la generación positivista. De esta candente fragua salen los verdaderos fundadores del ensayo, la historia y la sociología modernas en Venezuela. En cuanto a la novela, su postura se afianza frente a la vieja narrativa romántica, demasiado idealizado, que de alguna manera tuvo como prototipo a la María, de Jorge Isaacs.

Los escritores más representativos generacionalmente de la corriente literaria aquí estudiada, son los siguientes: José Gil Fortoul, Lisandro Alvarado, César Zumeta, Luis López Méndez, Manuel Vicente Romero Garcia, Rafael Cabrera Malo, Miguel Eduardo Pardo.

 

 
Eloy González Zumeta, Miguel Mármol, Leopoldo Torres, Pedro E. Coll, Andrés Mata y Luis Lecuna