romanticismo

Al consumarse la emancipación venezolana, se abren los diversos caminos al arte, a las ciencias y a la literatura. En las primeras décadas de la naciente República, un anhelo inusitado al recobrar el tiempo perdido y salir del atraso invade la preocupación de los espíritus más selectos. Se lee a Madame de Stael, a Lamartine, a Chateaubriand, a Alfredo de Vigny, a Alfredo de Musset, a George Sand, a Víctor Hugo, entre los franceses, y al Duque de Rivas, a Espronceda y Zorrilla entre los españoles. Así se gestaba nuestro primer romanticismo. Fermín Toro trata de explicar el proceso de renovación ocurrido para aquellos momentos en Venezuela, en estos términos: «Emancipada Venezuela y puesta en libre contacto con el mundo civilizado, recibió de repente todo lo que antes le estaba vedado: hombres y cosas que no eran de España. Libros sobre todas las materias cayeron en nuestras manos; pero en el estado del pueblo, tratados de política eran de urgente necesidad; ellos formaron, pues, preciso a los noveles políticos; el del siglo XVIII era el único que simbolizaba la reacción que experimentábamos y la necesidad de romper con toda autoridad. Rousseau, pues Voltaire, Helvecio, Diderot, Destutt de Tracy, fueron los autores favorecidos». (Toro. Fermín: Ideas y Necesidades en Doctrina Conservadora. Caracas, 1960. p. 102).

Como se ve, un movimiento ideológico en marcha se gesta en los años subsiguientes al término de la guerra emancipadora. Es explicable que los modelos románticos, especialmente los franceses en un primer momento, llenaran las aspiraciones de la joven literatura venezolana. Desde los días iniciales del movimiento emancipador, aun sin producirse una liberación cabal del colonialismo, Bolívar aparece, junto con muchos de sus compañeros, como un exponente de una nueva sensibilidad. Más tarde en sus discursos, en sus cartas, en su acción ratifica la existencia de una nueva actitud intelectual. Todo el desarrollo de ese proceso incide en la estructura doctrinaria sobre la que se afirma la guerra de independencia. Por eso, identificando la acción y el pensamiento de Bolívar con los comienzos del romanticismo en América, algunos críticos han señalado que nuestra gesta emancipadora no fue más que una gran hazaña romántica. Y Bolívar, por lo tanto, el más calificado precursor del movimiento literario en el continente. Lamentablemente, el contenido humano de nuestro movimiento romántico, que en un principio se nutre de la empresa libertaria, parece extinguirse al concluir objetivamente ésta. Sin duda una tradición intelectual, sin duda un pasado que evocar, desquiciados nuestros primeros escritores románticos, cayó en un individualismo, en que la imitación vacía y fragorosa fue su característica más dominante. Con certero criterio aprecia Jesús Semprum este período de nuestras letras cuando escribe: «Hubo, a raíz de la emancipación, cierta tendencia a solicitar los caminos serenos de la cultura, buscando apoyo en la tradición española antigua y en el ejemplo de los pueblos contemporáneos de mayor fama, movimiento cuyo representante más glorioso fue Bello, varón todo claridad y equilibrio. Pero ese impulso resultó efímero y sin consistencia. La general novelería, asentada sobre la superficialidad de los ánimos, nos llevó a la imitación desbocada, torpe y ridícula a veces, de modelos no siempre dignos. El estudio de las literaturas extranjeras no se cultivó con formalidad, sino muchos años después: todo se remedaba a través de los remedos españoles» (Semprum, Jesús: Crítica Literaria. Ed. Villegas. Caracas. 1956. p. 36). Las palabras del crítico están asistidas de la verdad. El dramático período cuyo análisis subjetivo traza, se explica por su poca consistencia doctrinaria en materia estética. La anarquía presidió una especie de desconcierto general entre los más destacados representantes de nuestro movimiento literario de aquellos días. El mismo Semprum, ahondando en razones socio-psicológicas, anota más adelante: «Era lo cierto que carecíamos de verdadera vida intelectual. Pasada la gran crisis de la Independencia, que en Venezuela asumió caracteres tremendos como no hay ejemplo en ningún otro pueblo del Nuevo Mundo, quedaron en pie muchedumbres de temerosos problemas. La población, muy escasa antes de la guerra, resultó mermada en tal proporción, que las consecuencias de esos estragos debían prolongarse durante muchísimos años. En general, la esperanza de que el término de la guerra con los realistas sería el comienzo de una vida arcádica; y al terminar la lucha los problemas eran más graves y más tenebrosos que durante la guerra misma. Hastiados de aquellas agitaciones aviesas, los hombres de ideas principiaron a desesperar de la ventana colectiva y se pusieron a pensar en la individual y propia.

El romanticismo fue eso: el aislamiento de las individualidades desencantadas, que buscaban en sí mismas la fuente de la dicha» (Semprum, Jesús: Obra Citada. p. 37 -38). A esta situación personal señalada por Semprum puede agregarse la influencia, muchas veces mal digerida de la literatura romántica francesa y luego la del romanticismo español. De esta fusión de factores, roto el hilo del primer humanismo de la República, nace nuestro primer romanticismo.