teresa de la parra (1889-1927)

 

 
Teresa de La Parra

 

Frente a la obra novelística de Gallegos o de Pocaterra, surge la fina intuición femenina de Teresa de la Parra. Su obra es una búsqueda de la intimidad humana. Sus dos novelas: lfigenia y Memorias de Mamá Blanca revelan su capacidad para la aventura de la narración. Ifigenia, aparecida en 1924, editada por Bandelac en París, es una novela escrita en forma de diario. Pero es un diario lleno de una frescura, de una exquisita suavidad femenina, hasta entonces ignorada en nuestra literatura narrativa. La novela empieza con una carta de María Eugenia Alonso para Cristina Iturbe. En ella abundan las más triviales revelaciones hasta el dato vivo, coloreado de humana trascendencia en la vida de la «señorita que escribió porque se fastidiaba». La carta es una confesión fina, desnuda de perjuicios. Teresa de la Parra nos guía así, dulce y suavemente hacia el laberinto del espíritu femenino. Sin egoísmo pueril, sin el recelo cobarde de otros autores, Teresa nos abre las puertas de la intimidad femenina caraqueña de principios de siglo. Sus confesiones son valientes e intachables. A veces parece que la oímos, parece que la vemos gesticular para dar fuerza a su expresión.

En el pensamiento femenino de la época causa sorpresa el desbordante caudal de ideas que sobre la moral y las costumbres sociales imperantes, lanza Teresa de la Parra, de manera decidida y franca.

Algunas veces la encantadora protagonista, herida en lo más íntimo de su alma, ahonda en reflexiones cargadas de lirismo, o ya razona apacible y alegre, con la serenidad del que tiene confianza en sí mismo.

La lucha entre la sociedad que moría y la que debía aparecer se había entablado. lfigenia nos presenta la vieja sociedad agonizante, llena de perjuicios y hermetismos. Sin intenciones de reivindicación, porque Teresa de la Parra era un producto de esa caduca sociedad en crisis, podemos encontrar en su novela el espíritu de rebelión que poco después empezó a dar sus frutos en el ideal de las mujeres contemporáneas de Venezuela. La segunda novela de Teresa de la Parra, Memorias de Mamá Blanca, es de una deliciosa frescura y tierna evocación superior con mucho, a la que había demostrado en Ifigenia. La obra fue publicada en 1929 y traducida inmediatamente al francés por Francis Miomandre. En Memorias de Mamá Blanca, Teresa de la Parra domina con mayor soltura la técnica de la novela. Siguiendo su intención de escribir las impresiones de su niíñez en la hacienda de sus padres, y el contraste con la vida de la ciudad, nos introduce en un mundo rebosante de ternura y campechanía. Blanca Nieves, Mamá Blanca, Primo Juancho y Vicente Cochocho constituyen en la narración personajes de una simpatía inigualable. Una ternura exquisita se desprende a cada instante de las Memorias de Mamá Blanca, como cuando Blanca Nieves describe la muerte de «Nube de Agita». La ingenuidad. la fina pena que invade las almas infantiles, cobran trascendentes características humanas en la novela. Es difícil encontrar en la literatura hispanoamericana libro tan tierno y tan bello como las Memorias de Mamá Blanca. El mundo de lo infantil adquiere colores maravillosos en el recuerdo de Blanca Nieves. Las mañanitas de la hacienda, olorosas a boñiga, turbadas apenas por el canto de los gallos y el bramido amoroso de las vacas, la taza de leche fresca en el corralón, el trapiche amplio y generoso a donde entraba el sol, entraba el aire, el aguacero, las legiones de avispas doradas y zumbando a buscar dulce, las yuntas lentas con los carros anchos y los montones de cañas bien trabados que los gañanes descargaban de un golpe, todo desprende una ternura infantil inigualable.

Algunos pensarán que los dos libros de Teresa de la Parra se distancian el uno del otro. Sin embargo pensamos que más bien se complementan. Y que ambos inauguran en nuestra novelstica, el análisis sicológico de lo profundo, de lo íntimo.

 

 
Teresa de La Parra